Modelo obsoleto · Lectura gratuita

Un pez de coloresCapítulo 1

La primera aventura de Jana Lee comienza aquí.

Jana se hunde en la butaca con el cuerpo molido, los nudillos amoratados y un cansancio que le pesa en los huesos y en los párpados. Hoy ha sido uno de esos días en los que su trabajo no vale los créditos que le pagarán.

Lo bueno de vivir en un antiguo y ruinoso cine es que puedes ponerte una y otra vez las cintas antiguas que quieras. Siempre y cuando esos rollos no estén ya hechos polvo.

La luz del proyector descansa sobre la máquina como un animal dormido esperando ser despertado.

Esta noche toca nuevamente una comedia de cine mudo.

Cuando el día ha sido nefasto no hay mejor elección. Según ella: “un jodido dolor de muelas se alivia mejor con enredos en blanco y negro.” Y eso que hay momentos en los que ni el cine mudo puede salvarte del mundo.

Desde su trono desgastado juguetea con los dedos descalzos sobre la butaca de enfrente. Se desabrocha el botón del pantalón dejando asomar un poco de tripa y palmea suavemente el vientre: su ritual personal antes de darle la orden a su IA.

—Cypo, ponla. A ver si hoy llego hasta cuando se queda colgado del reloj…

—Lo dudo mucho, J. Acorde a tu elevado número de visionados, hay un 99,995 % de probabilidad de que te duermas antes de los catorce minutos y cincuenta y siete segundos. Da gracias si llegas a cuando Mildred entra en la tienda.

Jana resopla pero no puede evitar una media sonrisa. Tantos años juntos han convertido sus intercambios en una rutina tan precisa como la maquinaria del propio robot.

Cypo rara vez se equivoca, por mucho que le repatee. Sabe que le será casi imposible terminar la película. Aun así, eso nunca le ha impedido intentarlo. Aferrarse a la ilusión de que algo podría cambiar es su deporte favorito.

"Las tradiciones son difíciles de cambiar, compañera; es duro darse cuenta de cuándo algo ya no es útil", solía decir Leo.

Cypo flota hasta la cabina de proyección. La máquina cobra vida con un zumbido familiar. A los pocos segundos una cálida luz empieza a parpadear detrás de Jana, alargando sombras sobre las butacas vacías. Viejos fantasmas que han visto ya demasiadas historias proyectarse en esa pantalla y que cada noche cobran vida para acompañarla.

El protagonista entra en escena. Después de unos cuantos gags, le promete a su novia que triunfará en la gran ciudad.

—Bien por ti, Harold —susurra Jana, sin despegar la vista de la pantalla.

Sabe que él está ahí. No puede verlo pero lo siente.

Leo ocupa la butaca contigua, un fantasma más. Ríe, señala la pantalla con la misma emoción infantil de siempre y le cuenta alguna anécdota del rodaje. Como en los viejos tiempos. Cuando aún vivía.

Es la viva imagen de ese clásico meme de DiCaprio —el de la peli de Tarantino, con el tipo en bata apuntando a la tele con la cerveza en la mano—. Así lo recuerda ella: entusiasmado, como si cada escena le hablara directamente.

¡Cómo le encantaba a su amigo esta comedia muda! Habitualmente le decía a J. que:

“En el cine, como en la vida, ha habido y habrá tres tipos de cómicos: el cándido y melancólico, el frío y decidido, y el humilde pero valiente.”

Este último era su preferido. Humilde para poder ver más allá y que los dogmas no te aten y te cieguen; valiente para poder volver a levantarte y avanzar.

Jana nunca supo demasiado sobre la vida anterior de su mentor. Más allá de alguna anécdota suelta, su historia con él había comenzado el mismo día que se conocieron.

Aun así, pondría la mano en el fuego al asegurar que la humildad y el valor eran dos de sus mejores cualidades. Aunque a veces le costara mantenerlas. Más aún con esa vieja afición por la bebida y las apuestas en peleas de robots.

Ciertamente jodidas de mantener, piensa con tristeza mientras el hombre mosca sigue luchando por no perder el trabajo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir. Gracias por darme un ejemplo así. No sé si podré honrarlas tan bien como tú… pero se intentará, viejo. Ojalá hubiera podido agradecértelo más a menudo…

Jana —o J., como a él le gustaba llamarla— alza su vaso copado de ruso blanco, y murmura: 

—Por ti, compañero. Siempre y para siempre.

Por un instante, sus ojos verdosos amenazan con velarse, delatando lo que su corazón siente. Luego bebe despacio, como si el trago pudiera sellar un pacto con los ausentes. En su pecho no hay consuelo, pero sí verdad. Y eso a veces basta para seguir respirando.

Quince minutos y tres segundos. El tiempo exacto que tarda en quedarse dormida, acunada por el cálido resplandor del proyector.

Cypo registra el récord en su base de datos y actualiza el cálculo de variación en su archivo:

"Tiempo que J. tarda en dormirse viendo una película de cine mudo un día especialmente duro. Análisis confirmado con un 99,995% de precisión."

El robot de apoyo —modelo AEro— había sido modificado por el legendario hacker Blue para funcionar como un pragmático “Pepito Grillo 2.0”, como solía decirle su compañera humana. Su lógica era directa, con una tendencia a lo binario que resultaba tanto útil como exasperante.

Debido a que es un modelo algo obsoleto, su capacidad de procesamiento es limitada. Ya solo el hecho de tener que desplazarse flotando le supone un gasto elevado de recursos, por lo que nunca empieza a computar datos nuevos hasta que no se ha acomodado en la base de carga.

Al notar la batería al borde de su capacidad, Cypo se dirige lentamente hasta allí, emitiendo leves pitidos de agotamiento.

El lugar está en silencio, salvo por el amortiguado zumbido del viejo proyector. En la pantalla el joven actor sigue trepando por el emblemático edificio.

Cypo se acomoda con un suspiro mecánico. Su carcasa metálica empieza a enfriarse mientras los cables y conectores se enganchan con un clic que suena a vieja máquina de escribir. Su capacidad de análisis está en pausa, igual que Jana, dormida e inquieta en la raída butaca: un fotograma congelado en un mar de nostalgia que el mundo moderno ha dejado atrás.

Analizar los datos de grabación será una tarea meticulosa. Parte de la rutina que mantiene el equilibrio en su mundo de algoritmos y recuerdos. Pero eso será después. Ahora, hasta un droide como él necesita descansar.

Los sueños de Jana se han vuelto recurrentes. El ASterol sigue ardiendo en sus venas y estos buscan refugio en rincones perdidos de su infancia.

Lleva casi una semana limpia, pero el cuerpo tiembla y la mente no se calla. El síndrome de abstinencia es un caballo salvaje que galopa libre.

Aún se le atraganta el panegírico que leyó al cremar a Leo. Dejar la droga en ese momento fue un acto de fe. Mantenerlo, una tortura.

Hoy tiene ocho años. Como tantas veces, está jugando sola en la calle.

El asfalto se derrite bajo el implacable calor. La habitual caterva de parroquianos se mueve lentamente, como espectros adheridos a la brea. La mayoría refugiados tras sus gafas VR y el característico tembleque por las drogas.

Las paredes son un mural de cemento corroído, cubiertas de grafitis blasfemos repintados una y otra vez. Hoy domina la escena el clásico rostro de Guy Fawkes. Ayer fue cinco de noviembre y los grafiteros del barrio han querido conmemorarlo. Pronto volverá a estar sepultado bajo aburridas caricaturas de torres corporativas con forma de polla e insultos contra el gobierno.

Por un día, la máscara del enigmático anarquista resiste como una anomalía efímera. La niña lo contempla intrigada. Aún no sabe por qué, pero le gusta lo que ve en esa imagen.

Del alcantarillado emergen vapores recalentados, creando una atmósfera opresiva y sofocante difícil de sobrellevar. El dragón de la putrefacción yace dormido, a la espera de que un descuido más de los hombres lo despierte, arrasando así lo que queda de esta inerte ciudad infinita. O así lo imagina ella cada vez que pasa cerca de una rejilla.

Las estructuras biosostenibles —capaces de refrescar las viviendas— son construcciones raras de ver en esta parte de la urbe. “Los pilares verdes” pertenecen a los distritos poderosos. Los distritos de los súper (superélite) donde las leyes de urbanismo son un sueño húmedo inalcanzable para los sub (suburbanos).

El barrio de la pequeña es solo uno entre cientos que brotan como hongos en los márgenes de las Megalópolis, a la sombra de torres colosales que rasgan el cielo. En estos arrabales el lujo es apenas un concepto abstracto y la supervivencia una lucha diaria. Las drogas y las gafas se han convertido en refugio: una forma de escapar de un mundo cada vez más inhóspito y decadente.

Otro recordatorio del fracaso rotundo que supuso la RBU (Renta Básica Universal). Una utopía que en la pluma de los ideólogos sonaba perfecta, pero que nunca encajó con la naturaleza humana.

Seis décadas perdidas en promesas vacías, firmadas entre naciones y megacorporaciones para paliar el reemplazo laboral, aplastando así el levantamiento Neoludita y las prohibiciones gubernamentales. Seis décadas de una masa humana sin sentido vital que ahoga su pesar en realidades ficticias que mitiguen su malestar. Mundos virtuales que ofrecen una dignidad de usar y tirar que los mantiene sedados y al margen de la realidad.

El futuro del que hablaban los antiguos relatos ya está aquí. Aunque hay cosas que nunca cambiarán.

Así que sí, el sueño de Jana comienza amargo. Después de todo, su vida pocas veces ha sido mejor.

Opacado por el incesante ruido del enjambre de drones que cubre los cielos como una tormenta de metal, un rugido similar al de un felino rabioso escapa de su estómago.

Es otra mañana más en la que sus padres están colocados y tirados en el suelo de la mugrienta sala, conectados a sus gafas; otra mañana más sin nada en la nevera.

Si al menos pasara alguna rata, sabría que hay algo de comida cerca. O, bueno… quizás podría intentar atraparla.

Se lleva las manos a la barriga. La sola idea de volver a cazar uno de esos escurridizos roedores le provoca arcadas.

Mejor pensar en otro objetivo.

Colarse de nuevo en el edificio desvencijado al otro lado de la calle se presenta como una opción mucho más prometedora.

Observa la avenida una y otra vez, asegurándose de que no haya nadie acechando entre los habituales que merodean por allí. Corre con todas sus fuerzas, salta sobre un montículo de basura acumulada en el callejón colindante y logra agarrarse, por los pelos, a la escalera de emergencia que cuelga del primer piso.

Con las pocas fuerzas que le quedan, trepa hasta el alféizar de la ventana que siempre deja entreabierta a propósito. Mira a su alrededor con nerviosismo. Parece que nadie ha notado su próximo allanamiento, así que se desliza dentro.

Colarse por primera vez en los ruinosos cines Camelot supuso un antes y un después en su vida. Lo que había empezado como una mera curiosidad infantil, nacida del aburrimiento más absoluto, poco a poco se ha ido convirtiendo en una experiencia altamente gratificante. Sin duda, uno de sus tres juegos favoritos.

Es como caer por la madriguera del conejo blanco. Una Alicia neopunk ante la que se abre un mundo fantástico, anacrónico y seductor, listo para ser redescubierto una y otra vez. Como un glitch salido de un abandonado arcade.

Recorrer los pasillos polvorientos o saltar de butaca en butaca, creyéndose una audaz pirata espacial o una intrépida exploradora en lucha contra las corporaciones, hace que su imaginación vuele a lugares que consiguen traer de nuevo el júbilo a su huesudo rostro.

Lo que más le gusta es quedarse ensimismada delante de la inmensa pantalla y proyectar su imaginación sobre la ajada y sucia lona. Ser la prima donna de historias increíbles que todos puedan admirar desde sus cómodos sillones y aplaudir hasta que les duelan las manos.

Las únicas veces en que puede sentirse protagonista. Un tesoro más valioso que cualquier plato de comida caliente. Al menos durante un rato.

Hoy, por supuesto, no va a ser una excepción.

Puede tener toda el hambre del mundo, puede plantearse hasta la idea de comerse “esas cosas apestosas”, pero antes de rapiñar algo de sustento en la planta principal debe viajar a través del espejo una vez más.

Así que corre. Corre como alma que lleva el diablo escaleras abajo para encontrarse con su paraíso. Hasta que sus piernas flacas de grulla tropiezan con un objeto que antes no estaba ahí.

Cae por las escaleras de forma estrepitosa.

La que otros días le había parecido una suave moqueta sobre la que retozar, hoy la golpea con una saña inesperada. Como si cada fibra sintética le devolviera uno a uno todos los pisotones pasados en forma de venganza “moquetil”.

Jana, que siempre ha sido la heroína de sus historias, se convierte en una descontrolada masa que desciende escaleras abajo cual roca persiguiendo al famoso arqueólogo.

Rebota contra cada escalón, igual que un muñeco de trapo interpretando una sinfonía disonante para piano. Una en la que el mundo gira a su alrededor en una confusión de luces y sombras, y donde la nota final trae consigo un mazazo seco que lo apaga todo.

No hay dolor al principio. Solo un zumbido distante. La extraña sensación de que su cráneo se ha vuelto un cuenco vacío donde resuena el eco de su propia respiración.

Su cuerpo se niega a moverse. No sabe si está consciente o atrapada en algún limbo extraño, flotando entre lo onírico y el despertar. 

Entonces lo siente: un hilo cálido deslizándose por su sien, trazando un sendero pegajoso hasta su mejilla. Su estómago se revuelve. Su mente ya ha comenzado a soltar amarras, hundiéndose en un océano de negrura.

Convertida en un pez de colores brillantes, flota apaciblemente en la vasta nada.

El agua —o lo que su mente percibe como agua— es tibia, envolvente, y la luz tiene un suave resplandor dorado que le acaricia las escamas, haciéndola sentir parte de algo infinito.

El sonido que la acompaña es tenue. Un murmullo lejano de olas rompiendo en una playa distante. Tan sedante que todo su cuerpo se afloja, disolviéndose poco a poco en el entorno.

No hay reloj. No hay arriba ni abajo. Solo flotar. Solo la luz.

Siente una paz casi etérea. La misma que deben experimentar quienes pagan por los tanques sensoriales de lujo que ha visto en los anuncios holográficos.

A veces cree avanzar. A veces quedarse quieta. Todo es lo mismo.

Todo a su alrededor se despliega. Un océano de tonalidades cambiantes donde luces suaves y nebulosas se deslizan lentamente, pintando patrones hipnóticos en el espacio.

Los destellos bailan y se entrelazan en una sinfonía cromática, formando figuras fugaces que evocan recuerdos lejanos. Un fluir eterno en el que el tiempo y el espacio carecen de significado.

… Danzar en torno a aquel bidón que otros habían prendido. El frío en casa era insoportable, pero el calor del queroseno la tranquilizaba. El crepitar de las llamas, como peta zetas disolviéndose en la lengua. Las pavesas elevándose en espirales lentas igual que luciérnagas ígneas. Las sonrisas mugrientas de compañeros improvisados por la necesidad…

Pero esa calma envolvente de imágenes pasadas empieza a resquebrajarse.

Las luces se apagan una tras otra. Un manto de oscuridad denso y creciente avanza, dispuesto a devorarla.

Ecos lejanos —casi imperceptibles al principio— comienzan a arrastrarla hacia la realidad. La sensación de abismo se abre bajo sus pies y una punzada aguda en lo más hondo de su ser la hace estremecer. La calma estalla con la fragilidad de una pompa de jabón.

¡Ay, cómo duele! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?, piensa.

El vacío la envuelve. Nadie la busca. Nadie la espera.

Tal vez han pasado cien años… o tal vez ya se ha convertido en piedra, un fósil dormido en el fondo de una roca.

¿Tienen valor las cosas, la gente, los sitios… si nadie los recuerda?

Aún no comprende del todo el peso de la soledad, aunque empieza a intuirlo. Esa sensación de no pertenecer se va instalando en su corazón infantil como un secreto innombrable.

De pronto, el pensamiento de dónde está regresa y la realidad la golpea sin aviso. El mundo tangible empieza a dibujarse con densidad, tornándose opresivo y frágil a la vez.

Los ecos se vuelven voz. Graves. Cercanos. Reales.

Sus ojos rasgados recuperan el enfoque, lentos.

—¡Eh, niña! ¿Estás bien? ¿Me oyes?

—Emmm… —balbucea, mientras se lleva la mano a la cabeza e intenta asimilar las preguntas que esa enorme sombra le está lanzando.

Poco a poco —y como por arte de magia, o así lo siente ella— la neblina se disipa, revelando la figura que se alza sobre su cuerpo.

Leo.

El hombre que ha visto muchas veces entrar y salir del cine. Cree que es el dueño, aunque nunca se han cruzado de verdad.

La identificación le trae algo de alivio, pero se disipa de inmediato. Una oleada de agobio le recorre el cuerpo y la paraliza. La presencia de ese hombre, tan cerca, tan enorme, resulta abrumadora. Sin duda, está metida en un buen lío.

¿Cuánto tiempo ha pasado si él ya está aquí?, razona, conteniendo las lágrimas.

Desde la ventana de su cubículo, Jana le había espiado con una mezcla de fascinación y recelo. En su mente siempre había sido una especie de villano de película: alguien que pateaba gente por encargo de algún súper adinerado. Su cuerpo corpulento, envuelto siempre en ropa oscura, tendía a moverse con una brusquedad casi animal. Y esa mirada tensa y huidiza... no había hecho más que alimentar sus peores suposiciones.

—Lo si-siento mucho. Por favor… no me hagas daño —musita, cubriéndose la cara con las manos.

Su respiración se vuelve errática, entrecortada, y un temblor involuntario le recorre las extremidades.

—¿Daño? ¡Ja, ja, ja! —Leo se echa a reír de forma jocosa. No con crueldad, sino con un deje de incredulidad y diversión genuina—. ¿Por qué iba a hacerte daño, enana? Tú solita ya te las apañas bastante bien. Venga, te ayudaré a ponerte en pie, que pareces un polluelo recién caído del nido. 

Una de las grandes manos de Leo sujeta el escuálido brazo de Jana y la ayuda a incorporarse. Aquello la desconcierta por completo, no tanto porque piense que vaya a echarla a patadas, sino porque no sabe muy bien cómo reaccionar a la amabilidad.

Con esa risa histriónica, y la chupa de cuero acentuando su barriga, la imagen de una versión gótica de Santa Claus cruza absurdamente por su mente.

Quizá solo sea el síntoma de una conmoción cerebral.

—Gra-gracias… Lo siento mucho, en serio. Te lo juro, no me volverás a ver el pelo nunca más. Yo solo quería jugar en los butacones, quería ver la pantalla… 

El rugido de su estómago termina la frase por ella.

—¿Querías comer algo de mi nevera? —completa Leo enarcando una ceja—. ¡Ja, ja, ja! Pues no sé si habrá gran cosa, la verdad. Llevo unos días fuera, como imagino que ya sabrás... Bueno, venga, vamos a ver qué hay y me sigues contando por qué estabas allanando mi casa… otra vez. Por cierto, ¿tú no eres la niña que vive al otro lado de la calle?

Leo se esfuerza por parecer severo. Su media sonrisa y los hoyuelos en sus mejillas cuentan una historia diferente.

Ella asiente repetidas veces con la cabeza y finalmente su rostro comienza a relajarse.

Acompañada por este extraño, empieza a subir tambaleante las escaleras que la llevarán hasta la cocina.

—Me llamo Jana... —murmura, mientras observa a Leo abrir la nevera y empezar a buscar algo de comida—. Lo siento por colarme… de verdad. Tenía mucha hambre y… y tu cine me encanta.

Leo la mira de reojo con una mezcla de comprensión y curiosidad mientras examina los escasos contenidos con los que cuenta.

—El cine es un lugar para soñar. O por lo menos lo era. Todos tenemos momentos difíciles. Además, no has roto nada que tengas que pagar ni parece que haya que llamar a ningún costoso dron médico —dice, mientras saca unas galletas y un poco de leche sintética con olor dudoso—. Ahora come un poco. Vamos a sentarnos y charlar de cómo pedir permiso la siguiente vez que quieras disfrutar de mi cine y mi comida, ¿ok?

La angustia en su pequeño pecho —y en su estómago— comienza a aliviarse. No sabe por qué, pero esta polvorienta cueva de las maravillas le hace sentir confortable.

Le provoca algo nuevo, difícil de nombrar.

Algo parecido a sentirse…

… a sentirse en casa.

Al ir a cerrar la desconchada alacena, Cypo aparece flotando desde dentro. Su luz frontal parpadea como el destello de un foco mal calibrado, irrumpiendo de forma inesperada en escena.

El susto que les provoca es monumental.

¿Qué hace mi IA aquí?, piensa Jana.

Y en ese instante lo entiende.

Su tiempo en el reino de Morfeo ha terminado.

Un recuerdo más que se deshará en cuanto despierte. 

Lágrimas antiguas que se diluirán en el cauce del tiempo.