Música de canicas · Lectura gratuita

El batir de las alasCapítulo 1

La nueva aventura de Jana Lee comienza aquí.

El mar respira despacio, aún indeciso sobre si romper el silencio de su propio sueño. Bajo los nimbos, sus olas borran una y otra vez la frontera que se empeñan en dibujar. Entre los restos de un mundo que ya no existe, una mujer contempla el horizonte.

Con las palmas apoyadas tras la espalda, estira las piernas hasta que la espuma le lame los pies. Ese primer frescor siempre es reconfortante.

Sus dedos juguetean con el agua salada igual que antes recorrían la butaca raída del viejo Camelot. Los granos se deslizan entre ellos hasta que la siguiente ola se los lleva. Nunca llega dos veces igual.

Cierra los ojos un instante y el aire está hecho de algas secas, sal y óxido. La espuma le alcanza los empeines y, cuando vuelve a retirarse, abre los ojos.

Levanta la vista.

El horizonte sigue allí.

No espera nada. Solo escucha.

El viento juega con los mechones que le cubren el rostro, pero ella no hace nada por apartarlos. Es un viejo amigo con el que ha aprendido a no discutir. Un animal veterano que reconoce a otro.

Con el botón del pantalón desabrochado, coloca la mano izquierda sobre la tripa, redondeada y cálida. Bajo la piel, una pequeña marea responde a su contacto.

Siente algo más que la criatura que crece dentro. Siente un ritmo antiguo, nacido en esa frontera donde lo invisible busca forma.

Un pequeño cangrejo ermitaño emerge de entre la arena y la observa. Avanza unos pocos centímetros y vuelve a enterrarse justo antes de que el siguiente envite borre su rastro.

Cierra los ojos de nuevo y el otoño le besa las mejillas.

Bajo la palma de su mano, el pequeño pulso continúa. Y, por un instante, no sabe si lo siente dentro o fuera.

—¿Todavía estás ahí? —murmura.

Nadie responde.

Su mente desciende capa a capa hacia un silencio más hondo que los sueños, pero igual de lúcido.

En ese espacio suspendido, la escucha:

—Siempre estoy aquí. Todo es como debe ser.

La voz parece nacer detrás del pensamiento, en un rincón donde el lenguaje aún no tiene forma.

Reconoce enseguida ese timbre.

La niña.

—Todo es como debe ser, Jana —repite la voz—. Incluso esto. Incluso tú.

Una sonrisa torcida asoma en los labios de la arregladora.

—¿Incluso este exilio?

—No hay exilio cuando una regresa a sí misma. Conocer el camino no es lo mismo que recorrerlo. Ahora es tiempo de avanzar, de colarse por nuevas grietas y descubrir lo que albergan.

Jana permanece en silencio, dejando que cada palabra de la niña encuentre su sitio.

El agua la acaricia una última vez. Después se convierte solo en un recuerdo.

—No me acostumbro a hablar contigo así. Antes eran sueños, destellos, símbolos… Ahora te siento más cerca, más real.

—Porque hay puertas que solo existen cuando alguien está preparado para cruzarlas. Caminabas junto a ellas sin saberlo.

El graznido lejano de una gaviota se entrelaza con la voz de la niña. Resulta imposible distinguir dónde termina uno y comienza la otra.

—Llevo contigo desde el principio. Pero algunas semillas solo escuchan cuando llega su estación.

Jana suspira.

—No sé si todo esto es una locura o si la que se está volviendo loca soy yo.

Se incorpora un poco y apoya las manos sobre los muslos.

—Llevo seis meses viviendo catorce años en el pasado. Seis meses escondida, durmiendo en casas vacías, huyendo de cámaras y drones. Todo por sobrevivir… Y todavía no entiendo cómo coño he podido viajar en el tiempo.

El pulso se le acelera. Jana respira hondo. Una vez. Dos. Tres.

—Al principio, cada vez que despertaba necesitaba unos segundos para recordar en qué año me encontraba. Y luego estaba ella. Otra Jana de dieciséis años dando vueltas por la Megalópolis mientras yo ocupaba ilegalmente su presente. Ahora procuro no pensar mucho en ella…

Deja escapar el aire.

—Bastante tengo con una versión de mí misma.

—¿Has visto alguna vez a un árbol pedir perdón por perder las hojas? 

Una ola rompe con fuerza contra las rocas y se deshace en efervescencia.

—No es locura, es memoria. Las viejas pieles siempre creen que todavía pueden abrazar el cuerpo que ya ha empezado a mudarlas. Pero hasta el miedo termina obedeciendo.

Jana acaricia con el pulgar el dorso de la mano. Recorre el relieve de la piel como si buscara una costura de la que empezar a tirar.

—¿Y qué hago?

La respuesta llega en forma de imagen: un caleidoscopio de mariposas suspendido en el aire.

—Síguelas. Ellas nunca dudan del viento.

Los dedos se crispan sobre los muslos antes de relajarse. Traga saliva. Por primera vez en mucho tiempo, Jana no intenta poner nombre a lo que siente.

—¿Y si me llevan donde no quiero ir?

—Entonces tendrás que descubrir por qué te llevaron hasta allí.

El viento cambia y trae consigo el olor de tierra mojada y lavanda silvestre. Jana entreabre los ojos. Ahora las nubes le dejan ver un cielo de un azul lapislázuli.

—La nave cayó en los cultivos de AgroCorp… —murmura al fin, sin saber si habla con el mar, con la niña o con el cielo—. Durante meses pensé que habías muerto con ella. Que lo ocurrido en B-52 había sido un sueño. Que se me había roto algo por dentro. Y ahora, ¿qué? ¿Estás otra vez aquí? ¿Por qué?

—Nunca muero. Solo espero a que vuelvas a escuchar. Todos los caminos terminan encontrándote. Solo cambia el tiempo que tardas en reconocerlos.

Jana recuerda los campos ardiendo, la noche de luces naranjas y gritos digitales, los drones que patrullaban los cielos buscando supervivientes. Escapar entre la maleza, herida y sin rumbo, intentando borrar cualquier rastro que pudiera conducir hasta ella. Dejar atrás la Libertad.

Los informativos no dijeron una palabra sobre lo ocurrido. Pasaron los días. Después, las semanas. Las casas vacías se sucedieron como cuentas en un rosario hasta que la ruta terminó llevándola al mar. El pueblo apareció y, con él, la casa desconchada y el silencio. Entonces el cosmos decidió darle una tregua.

—No soy la misma que cayó en aquel fuego.

—Nadie lo es después de renacer —responde, acariciando las palabras—. Lo que perdiste no es tu vida. Es tu peso.

La niña calla un instante.

—¿Acaso el mar responde cuando le preguntas por qué sube la marea?

Jana baja la mirada y vuelve al vaivén hipnótico de la espuma. Mientras lo observa, siente el peso de su cuerpo contra la arena.

La tentación de tumbarse, de hundirse y dejar que el mar decida se apodera de ella.

Permanece así un rato.

No entiende tres de cada cuatro cosas que la niña se empeña en decirle. Su cabeza, sin embargo, sigue dándoles vueltas, tratando de arrancarles un sentido que siempre parece quedar fuera de su alcance, hasta que acaba recordando algo esencial. Hay un lenguaje que siempre ha sabido escuchar: el de su cuerpo.

La mano acaba regresando al vientre.

Esta vez, la respuesta llega desde dentro.

—Entonces, tendré que aprender a vivir más ligera. No digo que lo consiga… Y más con esto que nace en mí. Pero lo intentaré.

La niña ríe con un sonido que no es sonido.

—Ligera no significa frágil, J. La vasija rebosaba. Ahora puede volver a llenarse.

Un ejército de hojas secas cruza la playa desde el sur. El olor de la mañana se mezcla con humo y madera quemada, recuerdo de una casa que despierta. Cypo se ha puesto en marcha.

—Vuelve.

Jana duda.

—¿A la casa?

—A ti.

—¿A mí? ¿Qué coño significa eso?

El eco de la voz se apaga poco a poco hasta que solo queda el graznido de la gaviota compitiendo con el bufido de la arregladora.

Jana se pone en pie rezongando y sacude la arena de las piernas con dos palmadas secas. Los golpes parecen asentarla más que quitarla. Frunce el ceño y vuelve a intentarlo.

Una palmada. Otra. Nada.

Se obliga a parar y cerrar los ojos. A respirar hondo y no recitar todo el salmo de blasfemias que conoce.

Una vez. Dos. Tres.

Vuelve a abrirlos.

La arena deja de molestarla.

Su mirada regresa una última vez al horizonte.

Por un instante, cree ver dos alas blancas que se mecen en el cielo y desaparecen entre la luz.

Entonces escucha el chapoteo de la lluvia sobre el mar.

Todavía mascullando, echa a andar por la playa. Una gota le alcanza el hombro. Otra le resbala por la mejilla. Jana levanta el rostro hacia la lluvia.

No acelera. Una tercera gota le roza los labios. Sonríe. Saca la lengua e intenta atrapar la siguiente. Más adelante, el camino asoma entre la vegetación.

El sendero de piedra asciende entre los matorrales. Jana lo toma descalza, con las botas en la mano. Las hierbas mojadas le rozan las piernas al pasar y le hacen cosquillas.

A mitad de la subida, algo la obliga a detenerse.

Vuelve la vista hacia el mar. Entre la lluvia y un resquicio de sol, un arcoíris se alza sobre el destartalado embarcadero.

—Venga ya… —murmura, mientras su piel mojada adquiere el brillo del cobre viejo—. Ahora solo faltan los pajaritos cantando, las ardillas bailando y un cervatillo saliendo de entre los arbustos.

La ocurrencia le hace soltar una risa seca.

Un arcoíris, el mar a sus espaldas, el sol colándose entre la lluvia. Parece el final feliz de un cuento que todavía no ha empezado.

Unos minutos más sin tener que arreglar nada ni salvar a nadie. O solo una broma pesada del destino.

Jana permanece allí un poco más sin querer perderse nada. Leo habría sacado ya las palomitas, las de los momentos importantes.

Finalmente, aparta la mirada. El café de Cypo no se va a beber solo.

Retoma el sendero y continúa subiendo.

La casa se alza al final del camino, medio escondida tras una higuera centenaria que ha devorado el muro del patio. El tiempo ha retorcido su tronco sin conseguir doblegarlo y hoy la lluvia ha espesado el aroma de sus hojas: savia dulce, polvo y algo casi animal.

El agua parece arrancarle una melodía antigua que permanecía escondida bajo la corteza. Jana se detiene bajo sus ramas y escucha. Los hombros terminan por aflojarse.

—Buenos días, abu —susurra.

El tronco cruje.

Atraviesa el portón oxidado y sube los tres escalones que conducen al porche.

Nada más cruzar la puerta, la recibe el olor familiar de la casa. La piedra caliza asoma en las paredes y la madera carcomida enmarca las ventanas, cubiertas por cortinas de lino amarillento.

Las baldosas hidráulicas se hunden en algunas zonas. Los muebles, de estilos y épocas distintas, le dan al conjunto un aire de museo improvisado.

Jana respira hondo.

Esta ruina es ahora su refugio.

Deja las botas junto a la puerta y se dirige a la cocina. Sobre el alféizar, botellas cortadas hacen las veces de pequeños invernaderos.

Al pasar, se detiene junto a la planta serpiente que rescató meses atrás del vertedero de AgroCorp. Cuando la encontró solo le quedaban dos hojas marchitas. Ahora, una tercera se abre paso entre ellas. La roza con la yema de un dedo, le susurra algo y sigue andando.

Mientras el agua hierve, una voz metálica llega desde el salón.

—El último ramen estará listo en tres minutos y veinte segundos.

Cypo flota junto a la vieja pantalla proyectora empotrada en la pared.

—Además, me he visto obligado a reducir en un 30 % la dosis de cafeína si quieres que te llegue para lo que queda de semana.

—Genial… "La felicidad cabe en un bol reciclable."

El AEro procesa la frase.

—No encuentro ese eslogan en ninguna campaña publicitaria registrada.

—Acabo de inventármelo.

Cypo permanece inmóvil unos instantes.

—La frase presenta una elevada carga irónica.

Jana sonríe.

—Vas afinando.

—Aprender de ti está incrementando exponencialmente mi tolerancia a las contradicciones humanas.

Cypo orbita lentamente alrededor de la arregladora. Sus ventiladores emiten un leve zumbido.

—¿No te preocupa que se percate y cambie los accesos a la cuenta?

Jana tarda unos segundos en contestar. Arrastra la silla, se sienta y termina de acercarla a la mesa.

La pregunta no habla del café.

Habla de Leo.

—Ya te he dicho que Leo nunca controlaba en qué me gastaba el dinero. Me dejaba unos créditos al mes para mis cosas y confiaba en que no hiciera el gilipollas con ellos.

Cypo procesa unos segundos.

—Has consumido treinta y ocho créditos de los cincuenta disponibles este mes.

Jana hace una mueca.

—Genial.

—Si tu versión adolescente intenta realizar una compra superior a doce créditos…

—…va a preguntarse quién coño se ha comido su dinero.

—Y Leo recibirá un aviso. 

Jana suspira.

—Y Leo recibirá un aviso —repite.

Hace una pausa.

—Pide el dron. Pero solo lo imprescindible.

—Claro, J.

Permanece unos segundos flotando en silencio. Sus LED parpadean un instante.

—Hay una variable relacionada que sigo sin comprender.

Jana ya sabe cuál es.

—¿Cuándo piensas ir a verle?

Jana guarda silencio y traga. Las primeras veces que Cypo le preguntó por Leo, la rabia llegaba antes que cualquier respuesta. Hace tiempo que ya no llega. Lo que quedó después pesa mucho más.

—Me has dejado claro que me meta esa pregunta por mi orificio evacuador, pero debo insistir. Creo que es una oportunidad única y no computo ningún inconveniente.

—Ya sé que no, colega… Hace un año que me despedí de él. Que me aproveche de sus contraseñas para no morirme de hambre no significa que me apetezca volver a verle. Intenta no preguntármelo más, ¿vale?

Aquello terminó en el parque Om, cuando abrió la urna y dejó que el viento hiciera el resto. Al menos eso se repite. Porque desde que comprendió en qué año está, una posibilidad se cuela de vez en cuando por alguna rendija: Leo sigue vivo.

Podría verlo. Podría observarlo desde lejos durante unos segundos. Comprobar que todavía está ahí.

Curiosidad, se dice. Nada más. La misma que mató al gato.

Jana empuja el pensamiento de vuelta por la misma rendija.

Cypo emite un zumbido breve, parecido a un suspiro digital de resignación.

—Solo cumplo mi función: preservar tu integridad física y mental. Aunque, francamente, la concentración de esporas en el aire está alcanzando valores preocupantes. Sugiero ventilar o mudarnos a una zona más segura.

El silbido del hervidor de agua se lleva las últimas palabras del AEro. Mientras las volutas de vapor pasean por la estancia, Jana contempla un patrón que se dibuja en la higuera.

—¿Y dejar a abu? Ni lo sueñes. Si ella aguanta, yo también.

—Tu apego por los organismos fotosintéticos es entrañable, aunque irracional.

—Llámalo fe.

Jana se calienta las manos con el bol de fideos instantáneos.

—Y ahora, proyecta algo en la pantalla.

El robot gira su cámara principal hacia la vieja pantalla. El noticiario irrumpe con un plano general de la Megalópolis: torres de cristal, autopistas suspendidas, neones flotando entre nubes contaminadas. La presentadora, con su pelo azul eléctrico y una voz modulada con precisión mesmérica, anuncia el comienzo de la campaña electoral para la alcaldía.

La imagen cambia. Uno de los candidatos ocupa ahora el holograma principal bajo un eslogan parpadeante. Alphonse Ryeman promete una nueva era con voz serena.

(...) Los viejos sistemas deben morir para que la ciudad renazca. No es destrucción, sino renovación. Seremos testigos de una nueva era: una Megalópolis libre del ruido y la miseria, donde la ciencia y el espíritu caminen de la mano. Ningún niño volverá a estar solo. Nunca más (...)

 Jana intenta hacer memoria, pero aquellos años permanecen difusos. De ellos solo le quedan fotografías devoradas por la luz: el sabor del humo, noches sin dormir y la certeza de haber perdido demasiado pronto la inocencia.

Se apoya contra la encimera y alza una ceja.

 —Qué poético. Debe compartir guionista con los TecnoPadristas.

—Detecto patrones retóricos transhumanistas y un marcado sesgo tecnomesiánico. Su popularidad ha subido hasta el 42 % en los últimos días.

—Sí… Siempre adoramos a quien nos promete orden con voz de padre.

La emisión salta a una vista aérea de la avenida central: pancartas, hologramas, cientos de ciudadanos vitoreando su nombre.

—Va, apaga. Se ve que nuestra llegada ha quedado sepultada por completo. Además, el silencio me suena más real que cualquier discurso leído por un súper.

El aroma del café recién hecho llena la estancia. Jana vierte el líquido en una taza de esmalte desconchado y se sienta junto a la ventana. El ulular del viento se cuela por los postigos, que golpean contra los marcos. La lluvia resbala ya por el cristal.

Cypo se acerca flotando, curioso.

—¿Sigues con los sueños, J.?

La respuesta tarda en llegar.

—A veces… Últimamente, más claros. Ya casi no lloro cuando pienso en lo que pasó. Río, Cassandra, Lis… se sienten cada día un poco más lejanos.

Su dedo índice dibuja el símbolo del yin-yang en el vaho que se forma en el cristal.

—Muchos días pienso que todo ha sido un mal viaje y que aún seguimos de ruta. Quizá solo quiero creer que seguimos allí. Porque si de verdad pasó aquello… ¿qué me queda?

Cypo procesa durante tres segundos.

—Pasó, tengo registros guardados que lo atestiguan. ¿Quieres que te los muestre otra vez?

—No, Cypo. No hace falta. A veces no sé si sabes cuándo divago o cuándo hablo en serio. Supongo que para ti es todo lo mismo, ¿no?

—A veces. Sabes que necesito capturar muchos micromovimientos de tu cara y de tu cuerpo para evaluar la situación. Ahora mismo, por ejemplo, eres como un cuadro en blanco con un solo punto negro en una esquina. Difícil de descifrar.

—Ya veo… La próxima vez tendré preparada una tarjetita que ponga “humana reiniciando, por favor espere”.

—Sí, eso sería lo mejor. Me ahorraría mucha energía en procesos innecesarios.

La conversación se apaga entre sorbos de caldo picante.

Su mirada regresa al movimiento de las ramas.

—¿Sabes que hoy ha vuelto la niña? Me ha dicho que siga a las mariposas.

Los ventiladores aumentan ligeramente su velocidad.

—Continúo sin comprender por qué tu subconsciente insiste tanto en comunicarse mediante lepidópteros.

Jana sonríe.

—Imagino que el universo tiene alergia a los mensajes claros. Debe de sentirse muy orgulloso de haber perfeccionado tanto la metamorfosis.

Los LED de Cypo cambian de intensidad y recorren lentamente una secuencia azul.

—Me alegra que haya vuelto.

Jana deja de remover el caldo y levanta la vista.

—¿Te alegras? Pues la muy cabrona me ha dejado con la palabra en la boca. Y con más preguntas que respuestas.

—Sí. Eso encaja con su patrón habitual. Pero he observado que siempre estás mejor después de hablar con ella.

Hace una breve pausa.

—¿Esta vez qué ha sido: una orden o una metáfora?

—No lo sé. En mi vida, las metáforas suelen terminar siendo órdenes.

Sorbe otro trago. El caldo le calienta la lengua, la garganta, el pecho. Después de tanta metáfora, le reconforta que algunas cosas sigan obedeciendo a las leyes de la termodinámica.

Entonces, un golpe seco suena en la puerta.

Otro.

Cypo gira hacia el pasillo con un parpadeo de alerta.

—¿Esperamos visita?

—No. Nadie que conozcamos sabe que estamos aquí.

El golpe se repite, más insistente. Jana deja el bol y agarra la pistola que guarda debajo de la mesa. Camina hacia la entrada. Entreabre la puerta con precaución.

En el umbral hay una mujer de mediana edad, envuelta en un abrigo gris. El agua le corre por el rostro.

—Hola… ¿Eres tú… la que ve a los muertos?

Jana la observa en silencio.

La mujer quiere volver a hablar, pero no parece estar segura del orden correcto de las palabras.

—Te he buscado de puerta en puerta. Me… me han dicho que ayudaste a los Benice con su problema.

Un trueno ruge a lo lejos.

—Creo que me confundes con otra persona. Lo siento, no puedo ayudarte.

La mujer intenta enjugarse la cara con la manga del abrigo. El aguacero vuelve inútil el gesto. 

—No sabemos qué más hacer… No sabemos a quién acudir… La pequeña lleva días mal.

Jana mantiene una mano sobre la puerta y la otra cerrada alrededor del arma.

—No puedo ayudarte.

—Si es por el dinero… podemos pagarte. No tenemos mucho, pero es tuyo. Todo.

Jana exhala por la nariz.

—Creo que no me has entendido. No sé quién te ha hablado de mí, pero se ha equivocado. Así que, si eres tan amable, vete.

La mujer tarda unos segundos en reaccionar. Poco a poco, baja la mirada.

—Oh, vaya… Lo lamento. Perdón por las molestias.

Se abraza al abrigo y se aleja bajo el aguacero con paso incierto. Jana permanece en el umbral, observándola.

Dos pequeñas mariposas monarca aparecen frente a ella.

Revolotean sobre el marco de la puerta.

Todo se detiene.

Las gotas de lluvia se vuelven lágrimas atrapadas en el tiempo.

El viento arrastra un susurro de notas olvidadas.

El aire se impregna de una fragancia dulce y marchita.

La pistola resbala entre sus dedos. Jana la atrapa antes de que golpee el suelo.

El movimiento rompe el hechizo.

—¡Espera! —grita, intentando que su voz se sobreponga al rugido de la tormenta.

La mujer se detiene y se vuelve. La esperanza le transforma el rostro.

—¡Ven, entra en casa! ¡Hablemos!

La pantalla proyectora se enciende sola.

Los primeros acordes de El Mañana rompen el silencio de la casa.

Fuera, la higuera cruje y se agita al compás de los versos agridulces de Gorillaz, desprendiendo sombras susurrantes que se cuelan por las ventanas y reptan por las paredes como bestias hambrientas.

Un tirón leve pero nítido le recorre el vientre.

Las mariposas son las primeras en atravesar el umbral.

Jana las sigue.

El batir de las alas dicta el resto.